Mis primeras depresiones las sufrí en la Universidad hace casi 30 años. Me acuerdo de tener una sensación de colapso general, una dificultad para estar con otras personas y de sentirme a veces como si me hubiese tragado un enorme agujero negro. Yo ya era una persona muy mental y creo que el hecho de ir a estudiar a Oxford exacerbaba esa tendencia, por lo que me acuerdo que cuando estaba en medio de una depresión, pasaba mucho tiempo aislado dándole vueltas y elucubrando, con la esperanza de encontrar una salida razonada al bajón en el que me encontraba. También había largos períodos en los que no me sentía deprimido sino que me dedicaba a una especie de narcisismo de estudiante, junto con gran parte de mis compañeros, que podría resumirse en las palabras de la canción de Ian Dury “Sex, drugs and rock’n’roll”. Ciertamente había una parte de mí que buscaba la salvación a través de relaciones sentimentales, y que creía que el intercambio intelectual y la comunicación sexual me iban a salvaguardar de futuras depresiones.
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Focusing
Llevo unos meses aprendiendo sobre Focusing, a través de la lectura y también gracias a unos talleres con Isabel Gascón, que es formadora certificada por el Focusing Institute de Nueva York. Se trata de una manera de tomar conciencia, de sanar heridas emocionales y de superar dificultades, partiendo de la sensación sentida (felt sense) en el cuerpo. Este enfoque nació de una investigación de Eugene Gendlin en la Universidad de Chicago, en la que intentaba averiguar por qué algunos procesos terapéuticos tenían éxito y otros no. Llegó a la conclusión de que no era la técnica o la habilidad del terapeuta que determinaba el éxito de la terapia, sino más bien algo que hacía el cliente. Concretamente, los clientes que más provecho sacaban de su terapia eran los que enfocaban intuitivamente una conciencia corporal sutil, una sensación sentida que facilitaba pequeños pasos interiores hacia la sanación.
El espíritu del valle

La semana pasada fuimos Richard, Marta, Sol y yo a llevar un grupo de trabajo emocional con miembros de la Plataforma NATC. Fue en el Valle de Jerte, cerca de Cáceres, un escenario privilegiado para profundizar en las sombras y heridas de todos los que estábamos. Para los que hicimos el Training con Richard y Catherine Galbraith el año pasado suponía el punto final de una preparación minuciosa, llevada a cabo durante meses por todo nuestro círculo, y los tres que fuimos con Richard estábamos algo nerviosos ante el inicio del taller. Pero una vez comenzado fluyó todo de un modo natural y orgánico, sobre todo porque las personas del NATC que hicieron el trabajo se prestaron a todo lo que les proponíamos con energía y entrega. Llevamos Sol, Marta y yo los procesos (como la meditación dinámica, exploración de la vergüenza, micro-movimiento, profundización en los cinco sentidos, etc.) y el trabajo sobre el cuento (usamos un cuento japonés precioso, El Oso de la Luna Creciente, como hilo conductor del trabajo), mientras que Richard llevaba el trabajo de círculo, con nuestro apoyo. Para la mayoría de los participantes fue la primera vez que hicieron un trabajo profundo de ese tipo y para mi una de las cosas que más me ha impactado de la experiencia ha sido ver como el contacto con la herida, con intención sanadora, dio lugar a un sentido de hermandad reflejada en la expresión luminosa en las caras de todos los que terminamos en el círculo del último día.
Meditación Dinámica
El otro día estaba escuchando una entrevista en Integral Naked con Michael Monroe, un músico estadounidense que en su juventud estuvo durante 7 meses en la comuna de Osho en la India. Hablaba, entre otras cosas, de la meditación dinámica que aprendió allí y de cuanto le había valido. Se trata de una técnica inventada por Osho específicamente para las personas occidentales modernas, que estamos permanentemente pensando y haciendo cosas. Consta de 5 fases muy activas. En la primera, se hiperventila, respirando sólo por la nariz, acumulando una carga de energía en el cuerpo y cambiando constantemente el movimiento para no caer en ningún ritmo fijo. En la segunda, se explota, se suelta toda la energía reprimida, se da permiso para expresar rabia u otras emociones contenidas con el cuerpo, sacudiéndolo, pegando cojines, saltando, o con la voz dando gritos, gimiendo, de la manera que sea pero sin control y sin dejar que interfiera la mente. En la tercera, se levantan los brazos y se salta rítmicamente en el mismo punto a la vez que se lanza un grito rítmico del mantra ‘Ju’ desde el vientre, canalizando energía desde el segundo chakra hacia el cielo. En la cuarta, se queda quieto, siempre con las manos hacia el cielo, en el mismo punto, congelado, observando todo lo que se ha movido en el cuerpo y en el corazón, sin juzgar, aceptando. En la quinta y última fase se baila, celebrando la liberación, abriéndose al amor y al perdón, dando un cierre armonioso al espacio que has abierto para las emociones reprimidas. Todo esto va acompañado de una música compuesta por Osho que se puede adquirir en CD (si no conoces a alguien que te la puede prestar).
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