
Estoy de pie dentro de mi habitación en la casa de mi niñez. Se acerca mi padre al umbral de la puerta y me ofrece dinero en billetes, a la vez que me dice en voz alta “Esto es por las golosinas”. Al escucharlo soy consciente de que no me he comprado golosinas por lo que me sorprende lo que me dice. Yo le miro a los ojos y le digo “Te quiero” pero me sale un hilo de voz y él me mira sin entenderme, por lo que me acerco y se lo digo al oído, aunque todavía con dificultad. Acto seguido estamos dentro de la habitación y él se está cayendo hacia atrás en la cama, y yo con él y oigo una voz diciendo “Me alegraré cuando hayas muerto”.