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Una experiencia integrativa


Hace poco más de un año y medio, recién completado el Grado en Psicología, estaba buscando un Máster con el que podría seguir mi formación como psicólogo y también como psicoterapeuta. Buscaba algo relacionado con la teoría y la psicología integral, enfoque en el que estoy interesado desde hace años. Al mirar lo que se ofrecía en España, vi que no había nada propiamente dicho integral, entonces me puse a ver qué es lo que más se acercaba. Vi una información sobre el Máster en Psicoterapia Humanista Integrativa del Instituto Galene, en el que se proponía un enfoque integrativo, que reunía elementos del Análisis Transaccional (AT), de la Gestalt, de las teorías de John Bowlby y del trabajo con el duelo terapéutico y me llamó la atención. Me acuerdo de estar dando vueltas sobre los contenidos – no sabía mucho acerca del AT pero de entrada, no me atraía porque me parecía que debía ser algo trasnochado (uno de los libros de referencia, titulado AT Hoy, se escribió hace treinta años). Luego encontré un artículo antiguo de Ken Wilber en el que hablaba de los puntos de encuentro entre la Gestalt y el AT y empecé a interesarme más.

Fui a una entrevista en Madrid con José Zurita, el director del Máster. Me gustó no sólo lo que me contaba sobre el Máster, sino también su manera de ser, cálido y acogedor. Le preguntaba sobre la base teórica del Máster, me habló del AT, de Bowlby y del trabajo con el duelo y yo le conté mi interés por el trabajo de Wilber, que él también conocía. Me comentó que el Máster tenía un componente muy práctico, que en los presenciales se aprendía de manera experiencial (que es lo que yo buscaba después de 5 años de estudios de psicología con la Open University). También le pregunté qué importancia daban a la espiritualidad en el Máster y me decía que era algo que les parecía muy importante, aunque seguía siendo un aspecto sin desarrollar del todo en su enfoque. Unos días más tarde me escribió para decirme que estaba aceptado en el Máster y al poco ya empezó el curso y me volcaba en las actividades que se proponían en la plataforma online. El Máster consiste de 27 módulos, cada uno con su parte teórica y también actividades prácticas y de reflexión para acercar la teoría a la realidad vivida del estudiante. Después del estudio académico del Grado, me resultaban gratos los ejercicios de auto-exploración y los foros para compartir trabajos e impresiones con mis nuevos compañeros. Y efectivamente, a lo largo de este año y medio, he visto que en los 10 encuentros presenciales, había mucho trabajo práctico y aplicado, partiendo de las bases de los distintos enfoques integrados en el curso.

Puedo decir que para mí el Máster supuso una experiencia integrativa por distintos motivos, que intentaré desglosar ahora. Primero me resultó especialmente importante el trabajo con el duelo. En un principio este trabajo fue como cliente guiado por una alumna del segundo curso (hice el duelo de mi madre adoptiva), y luego como cliente guiado por José Zurita a partir de una sesión en un presencial, en la que emprendí el duelo de mi familia biológica. El hecho de haber trabajado estos temas intensamente personales como cliente no sólo me ayudó a entender teóricamente la importancia del apego y del duelo sino también me preparó para hacer yo mismo de guía con más conocimiento de causa, cuando me tocaba acompañar a una cliente mía en su proceso de duelo para el examen práctico final. En efecto, otro aspecto integrativo del que me he beneficiado en el Máster fueron las prácticas como terapeuta que hicimos y sobre las que tuvimos que escribir informes detallados. De nuevo, el hecho de relacionar la práctica con la base teórica del AT y de la Gestalt después de cada sesión me ayudó mucho a integrar conceptos y ver su puesta en práctica. También la experiencia de trabajar en grupo y de ir desarrollando mis vínculos con otros compañeros, arropando y dejándome arropar, en los presenciales y en los trabajos compartidos fue importante e integrador para mí. Gracias al grupo aprendí más acerca de mi mismo, y sobre todo acerca de mi necesidad arcaica no satisfecha de pertenencia, que en gran medida sí se satisfacía en el entorno seguro de este grupo magnífico.

Como ya comenté arriba, algo que yo echaba de menos al acercarme al Máster eran referencias más explícitas a la teoría integral y/o a la espiritualidad. En este sentido la posibilidad de escribir mi tesina final acerca de “Espiritualidad y Psicoterapia” me ha resultado sumamente satisfactoria. Primero me muestra una predisposición del equipo de Galene a ser realmente integrativos, abriéndose a la posibilidad de integrar nuevos elementos en su marco teórico. Y luego la posibilidad de abordar esta temática también me ha resultado muy valioso a nivel personal, ya que así me obligaba a plasmar en palabras lo que ha sido el motor dual detrás de mi camino personal durante los últimos 15 años. En la tesina hablé de la leyenda del Rey Pescador y de su crisis de generatividad y aquí también siento que algo profundo se integra para mí, ahora que me acerco a los 50 años y empiezo a ver que realmente este es el momento para que yo empiece a ser más generativo, a compartir lo que sólo yo puedo compartir en el mundo. En este sentido, siento que el Máster ha supuesto para mí un rito de paso importante entre la heteronomía de los estudios programados y la autonomía emergente en un campo que tanto ha aportado en mi vida y en el que yo quiero empezar ahora a aportar cada vez más.

Cómo me relaciono

En el Máster de PHI hemos estado trabajando con la teoría de apego de Bowlby y con el trabajo posterior de Mary Ainsworth sobre los estilos de apego. Gracias a un experimento conocido como la “Situación Extraña”, Ainsworth encontró tres tipos de apego en los pequeños hacia sus madres (o cuidadores). El primero, apego seguro, describe un niñ@ que siente a su madre como una base segura para explorar a su alrededor, se estresa si su madre se ausenta pero se consuela fácilmente cuando vuelve. El segundo, inseguro/ambivalente, no está tan dispuesto a explorar, porque no se fía de la madre, se estresa si se queda solo o con otra persona pero muestra enfado o rechazo al volver la madre. El tercero, inseguro/evitador, demuestra más bien una exploración superficial, “mariposa” y se muestra más indiferente a la madre, relacionándose más desde la evitación. Los dos tipos inseguros son los que más retos presentarían a las personas de mayores, ya que de algún modo el tipo de apego establecido en los primeros ocho meses de vida influiría en la manera de relacionarse durante el resto de la vida. En mi caso, como hijo adoptado a los 11 meses, creo que mi punto de partida en la vida fue el tipo inseguro/evitador, el que de mayor está más bien en negación de las emociones difíciles – así es como me veo retrospectivamente, por lo menos, hasta el momento de emprender un trabajo personal serio a los 30 y pico años.



En relación con esto, nos pidieron realizar un trabajo de hacer dibujos reflejando nuestras relaciones en las distintas etapas de nuestras vidas para compartir y comentar con una pareja. Como yo siento que tengo cierta asignatura pendiente con mi parte creativa o mi hemisferio derecho, me decidí aprovechar la ocasión y aplicarme. Curiosamente al empezar a trabajar el primer cuadro, el de la infancia, ya me encontré removido. Estaba trabajando con una aplicación en el iPad, hacía un borrador y ¡se perdía! … y así varias veces, empezando desde cero, y mi Niño Interior entre el berrinche y el desánimo … Al final encontré una aplicación muy buena, ArtRage, que es con la que hice mis cuadros, y a partir de ahí ya me iba mejor la cosa. El primero trata de mi infancia hasta los 10, 11 años, hasta que me dijeron mis padres que era hijo adoptivo, más o menos. Se ve a mi madre biológica en la esquina de la izquierda, mi hermano adoptivo arriba y mis padres adoptivos en el centro. Yo estoy en mi mundo, jugando, construyendo, con cierta distancia de mi madre, ahí sí que me veo y me siento en lo de inseguro/evitador.



En este segundo cuadro intento reflejar mi adolescencia, es hasta los 20 años, más o menos, en el instituto de sólo chicos al que iba, asentándome en un nivel cognitivo con los estudios que me salían bien a la vez que hacía vida de "rebelde", y me escapaba de mis conflictos en casa, sobre todo con mi madre.



En el tercero, quiero reflejar el periodo de mi vida entre los 20 y los 35 (más o menos) - una época en la que realmente quería prolongar la adolescencia, en el que buscaba placeres, me metía en una relación sentimental tras otra, nunca satisfecho, bastante narcisista, hedonista … Desde la perspectiva de hoy representa un periodo de mucha inconsciencia, en el que me veo movido por hilos saliendo de la sombra como una marioneta, sin darme cuenta. Tenía asuntos emocionales por dentro sin resolver y que intentaba obviar racionalizándolo todo, volcándome en relaciones, bebiendo, saliendo por la noche, fumando porros, perdiéndome … Y el otro lado de la moneda se veía en las depresiones periódicas que sufría a lo largo de estos años. En fin, aunque en estos años había sufrimiento y confusión en mi vida, también en esta etapa hubo la semilla que dio lugar a la siguiente.


En el cuarto intento captar lo que está siendo el periodo actual de mi vida de los últimos 12, 13 años. Durante este tiempo es cuando finalmente decidí a entrar en terapia, cuando empecé también a meditar, y a cuidarme a distintos niveles. También ha sido la etapa en la que he conocido a mi madre biológica, y - hace 7 años - a María, mi pareja, la persona con quién comparto camino, y con quien por fin siento que tengo un proyecto de vida maduro, responsable, abierto, vulnerable, de crecer juntos ... No sé cómo será el siguiente cuadro, la próxima etapa, igual, como dice Dylan, ¡“Algún día todo va a ser diferente/Cuando pinto mi obra maestra”!

Psicoterapía Humanista Integrativa

Recientemente me he decidido para profundizar en mi formación personal apuntándome para un Máster Semi-presencial de Psicoterapia Humanista Integrativa. Después de terminar el año pasado la carrera de Psicología, me apetecía hacer algo más práctico y aplicable al surco que me encuentro trazando en la vida. Estuve mirando los distintos cursos y Másters que había con un componente online y el que más se acercaba al abordaje integral que me interesa era éste. En un principio tenía reservas porque me parecía que representaba de algún modo un paso hacia atrás respecto a lo que he venido leyendo y estudiando sobre aplicaciones en coaching y psicoterapia integrales. Pero al final, varios factores me ayudaron a decidirme a favor.

Los abordajes humanistas, como los de Rogers y Maslow, la Gestalt, el Análisis Transaccional, los enfoques corporales etc fueron los precursores de lo que empezó siendo la psicología transpersonal y ha ido evolucionando hacia la visión integral con la que Wilber y otros muchos trabajan hoy. Como la psicología humanista siempre me había interesado aunque no me había parado mucho a profundizar en ella, el Máster me ha parecido una gran oportunidad. También, como he hecho mi vida en España, me parece congruente arrimarme y aprender con lo más evolucionado que me encuentre aquí en vez de estar lamentándome interiormente de que no hay Máster de Wilber o del Instituto Integral en España. Y en este sentido he resonado con la aspiración integrativa de este Máster y también con la calidad humana y abierta del que lo dirige, José Zurita, (le puedes escuchar en el vídeo más abajo). Él dice que le apasiona este enfoque porque ve que funciona con sus clientes y, al fin y al cabo, eso es de lo que se trata, de aportar un grano de arena para el bien de todos los seres, de servir a las personas, sufrientes como nosotros, en su búsqueda de sanación y realización.

A continuación os dejo un video de José Zurita y después un trabajo que hice sobre El Talante de un Psicoterapeuta Humanista Integrativo.



El talante del Psicoterapeuta Humanista Integrativo

“Una palabra nos libra de todo el peso y dolor de la vida. Esa palabra es amor.”
Sófocles

El trabajo de un Psicoterapeuta Humanista Integrativo (PHI) parte de una base de empatía, respeto y amor incondicional hacia sus clientes. El PHI pretende ayudar al cliente a sanar sus heridas, a superar conflictos intra- o inter-personales y a alcanzar un cada vez mayor grado de autonomía y realización personal. Para hacerlo el terapeuta intenta captar al cliente en todas sus dimensiones, pero sobre todo las referidas a aspectos conductuales, cognitivos, fisiológicos, emocionales y espirituales. Gracias a una escucha informada por todos estos aspectos, el terapeuta tiene más posibilidades de acertar a la hora de acompañar al otro que si filtra lo que el cliente le está contando principalmente a través de una única lente (por ejemplo, la cognitiva o la conductual). No sólo se dirige al cliente teniendo en cuenta todas estas dimensiones, sino que también trabaja para que el cliente las vaya integrando en su propia personalidad, siempre en función de dónde está en su proceso de desarrollo en el momento de acudir al terapeuta. También el PHI estará inmerso en su propio proceso personal de integración, pudiendo así mostrarse como persona congruente ante el cliente, sin pedirle que haga nada que no haya emprendido el mismo terapeuta.

El trabajo del PHI está orientado a la relación, es decir se pone mucho énfasis en la relación entre terapeuta y cliente: se puede entender esta relación como el crisol en el que la alquimia de la sanación tiene lugar. Según Richard Erskine, uno de los fundadores del abordaje humanista integrativo, los conceptos más importantes para que esta relación prospere son el contacto y la sintonía. Estos conceptos recuerdan los vínculos positivos que pueden existir entre niños y cuidadores según la teoría del apego de Bowlby. De un modo similar, el PHI aspira a crear las condiciones adecuadas para que el cliente pueda enfrentarse con y superar las adversidades y dificultades que la vida le antepone. En esta línea Erskine identifica distintas necesidades relacionales del cliente (o de cualquier persona), a las que el terapeuta intentará cubrir.

Así un marco terapéutico favorable para el cliente le dará una sensación de seguridad, para que se sienta protegido dentro de una relación estable y fiable con su terapeuta. El cliente se sentirá comprendido, aceptado y validado, ahí donde esté. Partiendo de ahí será más fácil que asuma el reto de enfrentarse con las heridas profundas que le lastran en el aquí y ahora. Este marco también supondrá un espacio intersubjetivo en el que hay un intercambio en doble sentido, ya que el terapeuta podrá compartir juiciosamente aspectos de su propio camino de crecimiento, de su propia vulnerabilidad, fantasías etc, siempre en función de las necesidades del cliente.

Erskine también valora la iniciativa por parte del terapeuta, cuando sea necesario, para impulsar el trabajo terapéutico en el caso de que haya resistencia por parte del cliente (y sin que esto suponga que el terapeuta esté haciendo el grueso del trabajo). Según Erskine, es esencial que el terapeuta atienda a la necesidad del cliente de sentirse respetado y acompañado. Para eso es importante que se respire una atmósfera de amor en el marco terapéutico. El terapeuta ocupa el lugar de una versión adulta del cuidador del niño, tal y como lo plantea Bowlby, es decir ofreciendo un amor nutritivo de tipo paternal o maternal (aunque no paternalista en el sentido de restarle o inhibirle la autonomía al cliente).

El amor en el marco terapéutico humanista integrativo también puede entenderse en su vertiente más espiritual. Se trata de ayudarle al cliente a conectar con algo más grande, con una visión que abarque también la dimensión trascendental del ser humano, más allá de los confines de nuestro ego. Esto permitirá al cliente aprender a “fluir” (en el sentido acuñado por Mihály Csíkszentmihályi), soltando sus lastres y sintiéndose uno con el todo. Aunque esto no puede ser para la mayoría de clientes el punto de partida, si puede constituir un punto omega gravitacional en el trabajo. Así el enfoque psico-espiritual puede valer a veces para cerrar procesos en los que se han trabajado heridas intensamente personales, añadiendo una vertiente humanamente universal y también transpersonal al trabajo.

En este sentido, el rol del terapeuta se parece al de un psicopompo mitológico, guiando a cada cliente en su particular viaje de héroe. Al terapéuta le corresponde recordar a sus clientes que aunque no puedan elegir las circunstancias o las condiciones externas que se les han dado en sus vidas, si pueden elegir como responder a esas circunstancias, como jugar la mano que se les ha dado. El guía entiende - y ayuda a entender - que ahí reside el margen de maniobra y la posibilidad de liberación y realización de cada individuo.

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