Estuve leyendo de nuevo un capítulo del libro Después del éxtasis, la colada de Jack Kornfield, titulado “La Ropa Sucia”. Se trata del lado oscuro de la práctica, la sombra individual o colectiva que invade a veces hasta las empresas más elevadas y espirituales. Para poder investigar el tema, Kornfield aconseja emplear la sabiduría discriminatoria, afirmando que es “importante examinar nuestros ojos y nuestro corazón [y] asegurarnos de que entramos en dicho terreno con un espíritu abierto y cuidadoso, más que con un espíritu de odio, comparación o auto-justificación.” Es una lectura que me ha ayudado mucho, porque reconozco que me ha costado a veces conciliar mis propios errores en el camino, quitar la máscara ‘espiritual’ detrás de la cual he querido esconderme en algunos momentos, y también me ha costado perdonar los errores y abusos ajenos.
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Gratitud
En las tradiciones orientales se pone especial hincapié en el reconocimiento de los padres y la gratitud hacia ellos por habernos traído al mundo. En Japón hay una terapia conocida como naikan, que consiste en un examen introspectivo de las relaciones de uno con los demás, empezando con los padres. Uno se retira del mundo y medita sobre tres preguntas en relación primero con la madre durante sucesivos periodos de la infancia, luego con el padre, otros parientes, amigos, etc. Las preguntas son: “¿Qué hizo esa persona por ti?”; “¿Qué le devolviste tú?” y; “¿Qué problemas y preocupaciones le causaste?”. Según David Brazier, si se sigue esta práctica superando las resistencias iniciales, nos puede llevar a conectar con un sentido profundo de gratitud por las maneras en las que se nos ha ayudado, sin las cuales no estaríamos hoy aquí. Esto puede sonar algo anticuado o desfasado hoy día, tanto por el énfasis que se pone en lo nuevo y lo juvenil, dando la espalda a todo lo viejo y a los valores de los padres, como por el hecho de que en muchas terapias emocionales encontramos un niño dañado que descarga la rabia contra sus progenitores.
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