
El taller consiste de tres fases. La primera empieza con un coloquio introductorio sobre la experiencia de la muerte, los síntomas que los moribundos experimentan, el comportamiento y la experiencia de las personas que les rodean, etc. A continuación los participantes se van conociendo y haciendo distintas actividades en parejas o en grupos, que sirven para preparar el camino para el trabajo principal del taller. En la segunda fase se pasa por una experiencia catártica, en la que mientras una persona acompaña, la otra se tumba en un colchón y se vuelca en lo que Fericgla ha denominado la respiración holorénica. Es una técnica que parece inspirada en otras como el pranayamá yóguico o la respiración holotrópica de Stanislav Grof. Se trata de un periodo prolongado de respiración rápida, con un trabajo abdominal acentuado, que se emplea en este caso para alcanzar un umbral emocional y, más allá de este, una catarsis que ayuda a uno a reestructurar su sentido de sí mismo y de su lugar en el mundo. La tercera fase consiste de un proceso de asimilación de la experiencia que permite interpretar, entender y, si uno quiere, compartir lo sucedido.
Quizás una de las cosas que me atrajo de este taller cuando me hablaron de él por primera vez era la idea de que tenía que aprender algo en cuanto a la muerte. Los primeros pasos, todavía confusos, en mi camino ‘espiritual’ tuvieron lugar hace unos quince años cuando en un periodo de menos de un año, devoré todos los libros de Carlos Castaneda. Una de las cosas que recordaba de ellos eran los consejos enigmáticos de Don Juan en cuanto a la muerte en el libro Viaje a Ixtlán: “La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he tocado.” Seguramente me queda mucho por aprender de la muerte, pero creo que la experiencia de estos talleres, en el marco de mi práctica meditativa y del trabajo emocional de estos años, me ha ayudado a ver que cuanto menos temo a la muerte menos temo a la vida ... y gracias a esto, puedo disfrutar más de ella.
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