lunes, abril 30, 2007

La Historia del Martillo

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo. Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso: «¡Quédese usted con su martillo, so penco!»

Esta es una historia del recién desaparecido Paul Watzlawick, de su libro El Arte de Amargarse la Vida, en la que ofrece una visión irónica, teñida de humor negro, del género editorial de texto de auto-áyuda. Esta historia me gusta por la forma divertida con la que refleja algo que todos hacemos: interpretar el mundo a través de nuestros filtros inconscientes, proyectando así lo nuestro sobre el entorno y tomando por realidades objetivas lo que son aspectos de nuestra subjetividad. Como dice el Talmud, “no vemos el mundo como es sino como somos nosotros.”

Lo que esta historia sugiere también es el poder latente de la imaginación. En el contexto del trabajo emocional y del crecimiento personal se habla de la posibilidad de utilizar la visualización y las afirmaciones para lograr cambios positivos en nuestras vidas. Es algo que a mi me sonaba siempre un poco fantasioso, hasta que me di cuenta de que como yo ya hacía eso, pero al revés. Por ejemplo, cuando empecé a dar clases, antes de entrar en el aula, muchas veces imaginaba las cosas que podrían ir mal en la clase, si me olvidaba de algo o si surgía otra cosa inesperada que me iba a impedir seguir el plan preparado: daba las clases bien pero era realmente una experiencia estresante. Otra cosa que hacía era decir de mi mismo, sin ni siquiera pensármelo mucho, “Soy un desastre”, lo cual influía tanto en mi percepción de mi mismo como en la de los que me conocían.

Si estos son ejemplos de visualizaciones y afirmaciones negativas, en el trabajo emocional, lo que se propone, por lo menos a un nivel cognitivo, es invertir estos mecanismos y los esquemas que proyectamos sobre la realidad para poder emplear la imaginación a nuestro favor en vez de en nuestra contra. Un ejemplo que me gusta es una afirmación que se usa en la Práctica Integral de Murphy y Leonard en su libro, The Life We Are Given (La vida que se nos ha dado): “Todo mi ser goza de equilibrio, vitalidad y buena salud.” Uno puede repetirse este tipo de frase afirmativa al final de la relajación en yoga, visualizándose a si mismo como si estas condiciones ya se diesen en su vida. También es una frase para recordarse durante el día, ¡sobre todo como antídoto para esa voz autocrítica que a veces nos surge de la sombra diciendo “Soy un desastre”! Y si no dejamos que la sombra tiña nuestra visión de nosotros mismos, tampoco va a distorsionar la imagen que tenemos de nuestro vecino, a cuya puerta llamaremos quizás de un modo más amable la próxima vez que necesitamos pedir prestado un martillo.

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