miércoles, marzo 04, 2009

Lo que hay que soltar

Nació y creció en un barrio ajardinado del sur de Manchester en los años sesenta. Su padre era electricista, un hombre sociable, activo en el sindicato y en la parroquia anglicana a la que pertenecía. Su madre era un ama de casa que, con los años, iba retirándose del contacto con el mundo social, ahuyentando a los niños que jugaban en la calle delante de su casa, separada del exterior por la ventana a través de la que observaba e interpretaba a sus vecinos, qué hacían o dejaban de hacer, qué dirían de esto o aquello...
Él era un niño inteligente, sensible y algo reservado, que volvía cada mediodía a su casa a comer mientras sus compañeros de clase podían quedarse a comer en el colegio. La suya era una casa tranquila, a la que rara vez le dejaban invitar a los amigos. Su madre no le dejaba jugar en su propia calle, por lo que nunca llegó a conocer bien a los hijos de los vecinos. Un día hablando con amigos sobre el mundo de la magia, se le escapó que su propia madre era un poco “bruja” – cuando el rumor llegó a oídos de ella y le preguntó por ello, sintió una gran vergüenza a la vez que mintió y lo negó con vehemencia.

Cuando tenía diez años, un día que su madre se había ido a la peluquería y su hermano también estaba fuera, su padre le vino con cara de circunstancias y le pidió que se sentara con él en la mesa del comedor, que tenían que hablar. Le empezó a preguntar por la novela que estaba leyendo,
Old Yeller, sobre un chico que adopta a un perro. Al niño le surgió de repente una sensación de desazón en el vientre, un presentimiento de que nada bueno iba a salir de aquella conversación …
A los diez años tu padre te cogió un día y te dijo que en realidad no eras su hijo sino que te habían adoptado de pequeño y que nunca te lo habían contado por si lo ibas a ir contando por ahí. En ese momento sentiste que se te abría un vacío por debajo de tus pies. Luego pasaste por muchas emociones, por confusión, tristeza, enfado, negación, y lloraste mucho antes de aprender a cerrar el grifo y dejar de llorar, para no tener que dar explicaciones si te preguntaban por qué estabas llorando.
Mientras guardabas el secreto, para ser buen hijo y mostrar que sí que eras capaz de mantener la boca cerrada, también ibas fantaseando sobre tus raíces, quienes podrían haber sido tus padres reales, como serían, qué aspecto tendrían, qué habría sido de ellos ... Quizás de allí sacaste la conclusión de que si realmente podías haber tenido tus orígenes en cualquier lugar, tu destino también estaba abierto y que podrías llegar a ser cualquier cosa que te propusieses …
Luego en la medida en que te fuiste haciendo adulto, empezaste a sentir que eras libre de hacer lo que te daba la gana, ya nadie podía decirte lo que tenías que hacer. A veces te sentías un poco impostor, pero no querías saber por qué. Te gustaba jugar a tantear los límites, contigo mismo y con los demás. Presumías de tu humor irónico, aunque otros se quejaban de tu sarcasmo. Sufrías y hacías sufrir, sucumbiendo al narcisismo con una pizca de nihilismo incluido, sin entender de donde surgían las depresiones esporádicas ...
Hace unos doce años, después de tocar fondo en mi vida, decidí que tenía que hacer algo, que no podía seguir así y que no tenía más remedio que acudir a ver a un psicólogo. Por la misma época comencé a meditar, después de hacer un retiro de meditación zen. Así es como nació un nuevo enfoque "psico-espiritual" en mi vida, con un parto doloroso, que es quizás como tenía que ser. En aquella época devoraba los libros de Castaneda, en los que se hablaba de recapitular la historia personal, para poder borrarla a continuación. También en el zen se hablaba de matar el ego, algo que siempre me costaba asumir. Luego he visto que era mejor ir aceptando y abrazando mi pasado, con sus momentos dolorosos y confusos, experimentados y también ocasionados por mí. No quiero recapitular y matar el ego sino abrazarlo e ir más allá, soltar mi identificación exclusiva con el pequeño yo pero dejarlo intacto.

En estos años ha ido evolucionando mi manera de vivir la familia. Ha habido desconcierto en cuanto a mis padres biológicos, y también algo de rabia y resentimiento hacia mis padres adoptivos. Sin embargo hoy siento gratitud hacia todos ellos – aunque quizás hicieron daño sin querer, también ellos me han dado mucho, empezando con la vida misma. Mientras no sanamos nuestras heridas más profundas, todos reciclamos inconscientemente sombra a la vez que luz, yo igual que ellos. El abandono, la adopción, los secretos, el sentirme como un bicho raro, todo esto forma parte de mi herida, pero también la herida me ha servido como el motor que ha empujado al desarrollo, el combustible necesario para la transformación.


Está siendo un viaje sorprendente. Hace unos años me sentí en condiciones de indagar en mis raíces, y tuve la suerte de conocer a mi madre biológica y de descubrir tres hermanas cuya existencia desconocía. Ha sido de lo más sanador conocerla a mi madre, y empezar una relación con ella de nuevo. Ahora, hace poco he podido conectar también con las dos hijas de mi padre biológico, ¡dos hermanas más! y sentir de nuevo el alivio profundo que surge en mí al encontrarme con mi verdad. Hoy día disfruto de una familia diversa y maravillosa, mi pareja, mi hijo, mi hermano de toda la vida, mi madre y mis hermanas recién descubiertas … Y cuando me siento a meditar, voy sintiendo a veces un poco más de paz, como si fuera un poco más capaz de soltar o como si algo me soltara a mí …

Esta es una historia personal, un relato de lo que he ido trabajando estos años, algo así como un proceso 321 particular. Los colores sirven simplemente para sugerir, aunque sea de manera muy aproximada, las etapas del desarrollo psicológico como en la Dinámica Espiral. El movimiento de tercera a segunda a primera persona pretende reflejar la toma de conciencia paulatina que he venido experimentando, al recapitular los momentos de mi vida: desde la infancia tan lejana que parece tratarse de otra persona, hacia un presente en el que puedo asimilar mejor todo mi pasado, por bien y por mal, como parte constituyente de lo que yo soy, aquí y ahora. No es para quedarme con todo esto sino para poder desprenderme de ello una vez elaborado, para sentirme más ligero. Espero que te haya servido de algo leerlo, a mí poder escribirlo y compartirlo me sirve de mucho.





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